Venecia

Más vale tarde que nunca, llego a Venecia un poco por casualidad y a pesar de haber leído, oído y más que nada imaginado la ciudad, me resulta increíble que un sitio así pueda existir. Más que una ciudad, un laberinto perfecto para exploradores urbanos. Ya no se trata sólo de sus canales, ni sus barcos y barquitos, ni siquiera de sus gondoleros o sus plazas y palacios, se trata de lo que está y casi no se ve: los timbres de las casas, por ejemplo, las escondidas y verdosas esculturas de otro tiempo, los mohosos postes y el casi imperceptible oleaje rompiendo a cámara lenta en discretos muelles. Se trata de enormes y silentes gaviotas esperando pacientes en sufridas estacas de madera y paredes (aún más sufridas) ya vencidas por la humedad y el paso del tiempo. Todo en colores siena y tierra, algunos rojos y blancos rotos.

Nada más irme en barco ya pienso que se ha sido un espejismo y me esfuerzo en recordar sus rincones entre la niebla y gente mirando al suelo con la que me he cruzado y ahora parecen sólo irreales encuentros casi de otro siglo y todo me parece lejano y antiguo. Vuelve la ciudad a partenecer a mi imaginación, más que a mi experiencia y la verdad es que me apetece que se quede ahí un rato más.