Innsbruck: the original Alpino


Ser el Alpino original tiene que ser una gran responsabilidad, sin duda. Pero como son austríacos (y no lo pueden evitar, algo sobrados) hacen trampa y son "alpinistas" a dos ritmos. Por un lado se quedan con los mejores parajes, las montañas más altas, fauna única y las rutas más inhóspitas. Por el otro bullen de actividad comercial, bares, tiendas y restaurantes y lo mejorcito de las competiciones de deportes de invierno.  Para nosotros, que acostumbramos a pensar que sólo vendrán a vernos si conseguimos abrasarlos al sol, serán serios competidores (en cuanto resuelvan el tema de la hospitalidad)


A mí no me tira esquiar, así que no me mato por ir a los Alpes en invierno, abrigarme como una bola y bajar zumbando una y otra vez por las, eso sí, interminables pistas tirolesas. Así que me fui a Innsbruck en verano, buscando algo de buen tiempo, que no fue exactamente lo que encontré.

Un buen comienzo en una ciudad es garantía de que será un buen viaje y creo que puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que el mejor comienzo en Innsbruck es la bola de chocolate con leche de Munding Konditorei. Casi mágico. Luego nada es igual.


Hay que venir preparado, porque el consumo de proteínas (y calorías) es casi obligado aquí y ninguna comida o cena (no estoy muy segura del desayuno) es apta para vegetarianos. Salchichas, guisos de carne, cerdo adobado, costillas a la brasa son algunos de los platos típicos que vendrán indudablemente acompañados de patatas en todas sus versiones. También son los reyes de las salsas, de modo que tampoco es muy apto para practicar la vida sana…Un buen restaurante típico para probar es el Innsbrucker Batzenhäusl

La mejor opción para hacer una dieta algo más sana es ir al mercado. El Markthalle es pequeño pero resultón y se puede comprar verdura y alimentos algo más saludables directamente de los productores o bien ir a las paradas permanentes donde se puede comprar carne, pescado, pan y un surtido impresionante de especias para adobar.


No se puede venir aquí y no visitar el centro Swarovski, algo así como la fábrica de Willy Wonka, pero de cristalecitos. Si me dijeran que tienen escondidos un ejército de pequeños talladores encorvados con gordas lentes trabajando en su micromundo microscópico en un sótano, me lo creería sin dudarlo. A parte de ser el flag megastore de la marca, es un centro artístico, donde se pueden ver instalaciones de varios artistas inspiradas en las tradicionales figuritas de cristal. Inspiradas digo y esto es importante, porque es un centro vivo y cambiante, no una vitrina.



Vaya por delante que soy una loca de estos sitios, pero el zoo de Innsbruck es hiperrecomendable. Es trayecto hasta allí ya es por sí solo una experiencia alpina, más si se hace a pie (para comodistas está la opción del funicular, diseño high tech de Zaha Hadid) porque se trata del zoo más elevado de Europa. Impresionante el paso libre a través de la guarida de los murciélagos, audaces voladores revoloteando a oscuras sobre tu cabeza, y dejando muy claro que quien manda ahí con sus grititos agudísimos. Otra es ver a buitres de medio metro a medio metro o robustos osos pardos jugueteando como críos.

Sólo cuando has visto la pista de saltos de esquí, esa del primero de año, comprendes el auténtico significado de la relación entre la ciudad y las montañas. Es otra historia. No es que haga falta valor para tirarse desde ahí, es que están locos como cabras. Des de las alturas Innsbruck parece liliput y ellos van y saltan, estirados como tablas, siempre más lejos, mientras tú te tomas un chocolate caliente, como si no estuvieses sufriendo con cada balilla humana que pasa zumbando.

Lo que más abunda aquí son las tiendas de ropa y aparatejos para deportes de montaña y acampada, pero para su tamaño, es impresionante el número de tiendas, bares y restaurantes que se concentran aquí. Y nada de ir en chándal, que son de lo más estiloso.
La librería Haymon es oscurísima, pero no asusta nada. Se trata de un sitio tranquilo donde tomarse un rato de calma para ojear alguno de los miles de libros de sus altas estanterías. La librería Liber Wiederin es de un blanco nuclear impresionante y muy minimalista pero nada fría y tiene unos cómodos sillones para sentarse a leer un rato.
 

Entre los austríacos es muy común vestirse entre semana y durante el fin de semana con el vestido típico tirolés: chaqueta de paño y calcetines altos para ellos y vistoso corsés y faldas anchas para ellas. Un buen sitio para comprarse el atuendo típico es el Held. Sus sombreros de ala corta y colores tostados o verdosos son algo así como un souvenir indispensable. O tal vez un bastón de paseo…


La Bakerei Kröll es una preciosa y diminuta panadería donde el pan aún sabe a pan, de camino a Feinheiten, que es la tienda ideal. Tiene un poco de todo: ropa, papelería, modernos gadgets de madera, etc…y he conocido allí algunas firmas de objetos de diseño que no había visto antes en ningún sitio. Muy buena elección.


No hay ciudad en Austria sin un gran café típico a la par que histórico. Aquí se llama Café Central y es realmente imponente por su tamaño. Aunque es muy bonito, no tiene el encanto de los cafés vieneses ni ese aire antiguo tan chulo.

Para la tarde noche, es agradable sentarse en el 360º, un bar que, como bien dice su nombre, tiene una panorámica completa de la ciudad y, aunque algo pequeño, tiene un espacio exterior habilitado para sentarse, con una manta, y pasar una buena velada.