De vuelta y lo que vale un Yorokobu

Algo descuidado he tenido esto en las últimas semanas y no ha sido por pereza, sino por un no acabar nunca de viajes de trabajo por todos lados....ya de vuelta, tengo muchas cosas que contar, algunas en los próximos días y una algo distinta que verá la luz en algunas semanas (¡espero!)

Una cosa que he aprendido ya de Junio es que al primer vuelo que subas (uno que sea vueling) lo primero que hay que hacer antes siquiera de colocar tu maleta (digan lo que digan las azafatas) es coger de cualquier asiento el nuevo número de Yorokobu. Ling está bien, pero Yorokobu es mejor. No pasa nada, pero es así.

Con vuelos los días 3, 4, 6 y 7 de junio, el día 3 pensé, bueno, lo coges de vuelta mañana y el 4 me dio pereza ir más cargada. El 6 era de  ida y decidí que lo dejaba para el 7, de vuelta a casa. Craso error. El 7 ya no quedaban Yorokobus a la vista, ni en mi fila ni en la de enfrente, nada de nada. De eso me percaté a mitad de vuelo y con un asiento en ventanilla y dos desconocidos a la derecha, me ofusqué en conseguir cuanto antes mi ejemplar. Llamadme lo que queráis, no hay muchas cosas que hacer en un vuelo de 3 horas...

El caso es que se me ocurrió que técnicamente, el asiento en el que iba era mío y, por tanto, las revistas a mi espalda también mepertenecían (este es un razonamiento lógico básico cuando no queda nada de batería en el PC ni en el iPod). Me di la vuelta para ver a quién llevaba detrás y (¡oh, bendición!) había una señora dormida. Algunas contorsiones después, ya estaba del revés, sacando la cabeza con cuidado para ver si quedaba algún Yorokobu superviviente al éxodo. Y ahí estaba, casi nuevecito el número de Junio.

No sé muy bien lo que pasó después, porque mi campo de visión era reducido y mi pelo suelto lucía colgado del asiento, pero me da que la señora, supuestamente dormida, no lo estaba tanto. Debió de abrir un ojo, la pobre, en el peor momento y creería ser atacada por la novia de Fétido Adams o, en el peor de los casos, Samara, la de The Ring....Pegó un grito que despertó al menos 3 filas y a mí me dejó sorda. En serio que intenté explicárselo, pero como empecé desde el principio, a la pobre aún la asusté más. A medio discurso ya cada vez la cosa tenía menos sentido y me replegué aún de espaldas a mi asiento, en plan retirada rápida. El hombre sentado a mí lado estaba muerto de la risa, pero él sí pareció comprender y solo dijo: ¿Qué, el Yorokobu, no?


Aquí con sombrero y gafas